No hay Países perfectos. Existen Países peores y mejores para vivir en ellos. De esta comparación surge la definición del éxito o del fracaso Nacional. Un País es un fracaso cuando se lo compara con otros que son mejores para sus habitantes.
En mayor o menor grado, todos los Países tienen habitantes inconformes. Pero hay algunos en que francamente la mayoría de los habitantes lo considera un verdadero fracaso. Estos son los Países que sin ninguna duda necesitan un nuevo Plan Político Nacional, revisando todos los conceptos desde sus cimientos. El principal drama de estos Pueblos, es que saben perfectamente todo lo que no quieren, pero no saben con certeza lo que sí quieren. Son como una Comunidad de ciegos caminando y tropezando en la larga noche del fracaso Nacional.
La primera causa de los grandes fracasos es la ausencia de un Objetivo permanente y bien definido. Antes de comenzar con cualquier esfuerzo individual o colectivo, es absolutamente necesario que todos y cada uno de los ciudadanos piensen honestamente y con toda sinceridad en cuál sería el éxito Nacional que los dejaría totalmente satisfechos.
En cualquier País, siempre hay gente que se beneficia con el orden establecido. Es curioso como todas estas personas buscan toda clase es explicaciones para justificar su posición privilegiada y siempre están satisfechas con esa situación, independientemente de que el País pueda ser considerado un fracaso para el resto de los habitantes.
Como todo depende del cristal con que se mire, hay que tener en cuenta al inevitable egoísmo natural de los seres humanos. Una respuesta real y sincera seria: “El Objetivo del Plan Político Nacional debería ser Yo mismo, mi propio bienestar y el de mi familia o amigos a los cuales quiero o aprecio. Con el logro de este Objetivo, el éxito de mi País me dejaría totalmente satisfecho”. Aunque frecuentemente se diga otra cosa, la mayoría de los políticos y ciudadanos comunes de todo el mundo piensan así.
La negación de este Objetivo tan evidente es la causa más frecuente del fracaso de muchos países. Al coordinar esfuerzos para alcanzar otras metas idealizadas sin reconocer el afán egoísta del ser humano, sólo se consigue que cada ciudadano vaya construyendo su vida individual a medida que el País se la destruye. Ante cada situación adversa para la Comunidad, cada cual trata de salvarse primero. Esta es una actitud natural en Hombre. Pero cuando nadie se preocupa por los que van quedando sin solución, llega el día en que nadie tiene salvación, ni aun los que ocupan los mejores lugares de la pirámide social.
Cuando se llega a este punto, los ciudadanos comunes creen que sus líderes no toman las decisiones correctas, y los que mandan piensan que gobiernan a un Pueblo de segunda. La falta de confianza en la capacidad de los dirigidos y la falta de credibilidad en los dirigentes, produce un distanciamiento entre ellos que no favorece ni a unos ni a otros.
Al principio del fracaso, los gobernantes usan al Poder Político en favor de un grupo de privilegiados más o menos grande, con la complicidad silenciosa del ciudadano común que toma una actitud obsecuente y servil, con la secreta esperanza de pasar a pertenecer al sector favorecido. Los habitantes que se consideran serios y honestos, sólo intervienen en las actividades necesarias para conseguir algún provecho propio o sectorial, pero con una actitud de total indiferencia dejan la verdadera organización del Pais en manos de otros, aunque no siempre sean los más decentes, capacitados y escrupulosos.
Aun cuando la ineptitud de los gobernantes para mandar no es un secreto para nadie, la indiferencia ciudadana les permite cometer toda clase de injusticias, actos de corrupción y atropellos frente a un Pueblo ciego, sordo y mudo.
Finalmente, cuando la realidad cambia tanto que los favorecidos y los esperanzados llegan a ser una pequeña minoría, todos los demás se quejan amargamente. Pero en realidad se lamentan de tener el País que se merecen, tanto los que lo organizaron como los que se desentendieron del problema.
En algunos Países fracasados hay “oficialistas” y “opositores” que se alternan en el uso del Poder Político. Los que quieren pero no gobiernan dicen que tienen otras ideas y que actuarían distinto. Pero si finalmente llegan a manejar el Poder Político sólo agravan los problemas. En los Países fracasados, cuando proclaman sus grandes principios, cada político parece único y diferente, pero cuando gobiernan son todos iguales.
Aun cuando el desastre colectivo es enorme, una gran cantidad de ciudadanos comunes sigue esperando a un líder milagroso que los salve. Algunas veces creen porque desean creer las dulces mentiras de cualquier aprovechador con carisma, sin que nada ni nadie les cambie la amarga realidad que los rodea.
En cada pozo depresivo del ánimo popular, los habitantes están tan hartos de las malas decisiones de sus malos gobiernos, que no le reconocen ninguna habilidad e inteligencia en sus dirigentes, aunque a veces las tengan. Muchos gobernantes verían superados sus más grandes sueños de grandeza, resolviendo todos los bien conocidos problemas nacionales. Quisieran solucionarlos, pero no pueden hacerlo. Y si existe oposición, a sus líderes les pasa lo mismo. Pueblo y Gobierno siguen estrellándose una y otra vez contra la pared, sin evitar el fracaso colectivo.
Antes de tomar una decisión, un político a cargo de una función en el Gobierno de un País fracasado o en vías de fracasar, debe plantearse algunos interrogantes fundamentales: ¿Me apoyarían mis partidarios? ¿Lo capitalizaría la oposición? ¿Cómo reaccionarían los sindicatos? ¿Me presionarían los empresarios? ¿Se disgustaría el Embajador del País Fuerte o el Poder Religioso Mayoritario o la Banca Internacional? ¿Sería inconstitucional? ¿No es opuesto a mi ideología? Finalmente, cuando todos estos y otros interrogantes similares tienen una respuesta satisfactoria, frecuentemente la solución adoptada es un disparate.
Este es el fondo de la cuestión. La única pregunta que debería hacerse un dirigente de cualquier Gobierno es: ¿Qué solución beneficiaría mejor a los habitantes de mi País? Sin embargo, cualquiera sabe que si tomaría una decisión basado solamente en esa respuesta, en vez de sentirse un estadista, cometería un suicidio político. Esta es una verdad comprobable en cualquier País fracasado.
El Objetivo del Plan Político de un País, debe referirse a lo que define la Esencia de la Nación. Se pueden cambiar la Constitución, las Leyes y las instituciones de Gobierno y aun así, seguiría siendo el mismo País de antes. Los territorios son un patrimonio importante, pero lo pueden ampliar, reducir o perder sin que por eso desaparezca la Nación. Pueden cambiar su nombre, sus símbolos patrios, su dinero, descubrir o perder reservas naturales y aun así el País sigue siendo el mismo País.
Lo que no puede existir es un país sin habitantes. La única forma de eliminar definitivamente a una Nación, sería exterminar a todo su Pueblo. Pueblo son todos y cada uno de los habitantes que forman al País. Hay que incluir a los deseables y los indeseables, a los ricos y a los pobres, a los viejos y a los niños, a las mayorías y a las más exóticas minorías. Pueblo son todos los seres humanos que forman el mismo Poder Político, sin excepciones de ninguna clase.
Muchas personas juntas no necesariamente forman un País. Un gran barco puede llevar a miles de personas a bordo por un largo tiempo, pero no forman una Nación porque al llegar a puerto sus pasajeros desembarcan y continúan con sus vidas, cada cual por su lado.
| Para conformar una Nación, los habitantes necesitan compartir el deseo de convivir, de formar una Comunidad con identidad propia y transmitir a sus descendientes esa especial relación de hermandad. |
El País pasado son los habitantes que ya murieron. El País presente son todos sus habitantes vivos. El País futuro son todos los hijos que engendrarán. Lo que permanece es el deseo siempre renovado de convivir bajo un mismo Poder Político. Los habitantes y su voluntad de formar una Comunidad Política es lo único que forma y preserva a cualquier Nación en el tiempo.
El Objetivo Nacional puede ser perfecto, ideal y permanente, aunque las soluciones para alcanzarlo sean intentos reales, no muy acertados y temporales.
| El Objetivo del Plan Político de la Nación es lograr el beneficio de todos y cada uno de sus habitantes presentes o futuros y facilitar su convivencia. |
Con este Objetivo, el éxito Nacional no puede ser decepcionante. Así de simple es lo que quieren los habitantes de cualquier País, aunque a veces, en su confusión desesperada no saben cómo explicarlo. Cada uno conoce muy bien sus necesidades reales, y el esfuerzo común con un mismo Objetivo multiplica los resultados que deben ser repartidos correctamente para satisfacer las necesidades individuales.
La Historia de la Humanidad indica claramente que los países exitosos fueron los que más se acercaron a este Objetivo ideal. El mundo actual es una prueba viviente de esta verdad.
| Todos los fracasos Nacionales comienzan con un reparto incorrecto de los beneficios del esfuerzo común, y con regulaciones políticas que entorpecen la convivencia de los habitantes. De este punto en adelante, todo lo demás llega por añadidura. |
Cuando se observa con objetividad queda claro que toda la variedad de dramas de los Países fracasados son siempre efectos de una misma causa.
Si el Objetivo del Plan Político de un País es el beneficio del habitante presente o futuro y su convivencia, entonces el fin justifica los medios. Este es el único Objetivo que lo permite. La limitación que debe respetar cualquier estrategia para lograr el éxito de un País es no dañar al propio habitante. De nada serviría matar a la mitad de la población para que la otra mitad viva bien. El fracaso es inevitable, aunque sólo se sacrifique a la décima parte del Pueblo. Ni el sacrificio de un solo habitante acerca un País al éxito.
| Es bueno para el País, todo aquello que favorece al habitante y su convivencia con los demás, y es malo todo aquello que lo perjudica. |
Así de simple es el juicio de valores cuando se sabe lo que se quiere. El Hombre necesita vivir y convivir. El éxito se reduce a vivir bien y convivir bien. El Objetivo político general no puede oponerse al Objetivo individual de los habitantes.
Los caminos para llegar a la meta son múltiples, variados y cambiantes. El mayor veneno para el intercambio de opiniones son las ideas fijas preconcebidas sobre cuál es la única manera de llegar al éxito. El Daltonismo Político se produce por un virus insoportable que hace ver toda la realidad en blanco o negro. Para el que se enferma de contaminación izquierdista, todo lo de derecha será malo. Y viceversa para los atacados de derechitis. Cuando estos y otros polos ideológicos se encuentran, el diálogo se vuelve totalmente estéril porque cada vez que en el campo contrario crece algo bueno, debe ser motivado por algo malo.
La causa será buena, solamente cuando su efecto sea bueno. El Maestro no dejó lugar a dudas: “Al árbol lo conocerás por sus frutos”.
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