La Ley

Había una vez una pequeña ciudad muy pintoresca. Estaba trazada de tal manera que en su centro se producía un complicado cruce de calles, con un enorme semáforo en el medio que era el orgullo de las autoridades de la ciudad. Siempre se formaban largas filas de vehículos en espera de cruzar, por lo que el tránsito parecía muy abundante. Un día, un pesado camión dobló mal y se llevó por delante al semáforo, que quedó inservible. Una vez retirado el montón de hierros retorcidos, desaparecieron las largas filas de vehículos. Se facilitó el tráfico. Ese beneficio duró por varias semanas, hasta que un día volvieron a instalar otro semáforo con su hermosa torre nueva, bien reforzada y recién pintada. Cuando se encendieron las luces tricolores, todo volvió a la normalidad y nuevamente se formaron largas filas de vehículos, cada mañana y cada tarde. Lamentablemente para las autoridades de la ciudad no estaba prohibido que pusieran un semáforo que solamente entorpecía el tráfico.

Las Leyes son decisiones que toma el Gobierno y que todos los habitantes deben aceptar como si fueran propias, para hacer posible la convivencia entre todos los integrantes del Pueblo.
Los semáforos siempre regulan el tráfico y las Leyes siempre regulan la convivencia. Sin embargo, los semáforos pueden llegar a entorpecer el tráfico y las Leyes pueden obstaculizar la convivencia.

Todas las Leyes de una Nación regulan la convivencia, pero sólo las Leyes exitosas la facilintan.

Si los vehículos no circularan por las calles, los semáforos nunca se habían inventado. Si los seres humanos serían capaces de vivir solos en incomunicados, nunca habían sentido la necesidad de formar un Gobierno que tome decisiones colectivas. No tendría razón de ser. Pero desde que el Hombre es Hombre siempre tuvo la necesidad imperiosa de vivir en Comunidad con sus semejantes. Por lo tanto, necesita un Poder Político formado con todas las decisiones que no se pueden tomar individualmente para hacer posible la vida en común. Para eso sirven las Leyes.

Las personas bien adaptadas al régimen legal de su País, no sienten ninguna presión de la Justicia. Se sienten libres y protegidos en sus Derechos. Si el conjunto de Leyes facilita la vida en común, dentro de esa legalidad estará la forma más fácil de vivir y convivir.

La realidad ha demostrado sobradamente que cuando una regulación, norma o Ley favorece la convivencia de los habitantes, la gente siempre tiene una tendencia natural a aceptarlas y respetarlas. Las Leyes exitosas son muy diferentes alrededor del mundo, porque dependen de la idiosincrasia de cada Pueblo, pero los habitantes siempre tienen la posibilidad de cumplirlas cabalmente.

Cuando el sistema legal no es el adecuado para su Pueblo o directamente no tiene ni pies ni cabeza, los ciudadanos comienzan a inventar nuevos códigos, que aunque sean “ilegales” les permiten regular la vida en común: comerciar, producir, transportarse, etc. Como los Gobernantes saben perfectamente que sin esas “ilegalidades” se formaría un caos en todo el País, conscientemente “dejan hacer”. Y ningún habitante puede sentirse libre cuando vive de acuerdo con un Poder Político real que está en desacuerdo con el Poder Político formal. La opresión se produce por saber que está sumergido en una continua ilegalidad y no pude dejar de tener un complejo de culpa frente a cualquier autoridad formal. Los funcionarios también lo saben, y esta situación es un caldo de cultivo para las mafias políticas. Cada vez que alguien resulta molesto a quienes manejan el Gobierno, siempre existe la posibilidad de atraparlo con el aparato legal. Para reconocer un “preso político” en un País fracasado, basta con saber quién está condenado por un delito que una gran parte de la población comete impune y cotidianamente.

En los Países con Leyes exitosas, la corrupción se produce cuando alguien quiere tener una ventaja incorrecta sobre los demás. En los Países fracasados, la corrupción es una rutina normal para hacer posible el desenvolvimiento de casi todas las actividades de la Comunidad.

Los sistemas legales aberrantes existen en casi todos los Países fracasados o en vías de fracasar. Proliferan mercados negros, contrabando, trabajo en negro, evasión, economía subterránea y corrupción generalizada para “legalizar” todo tipo de actividades. De toda esta mezcla infernal de fracasos sale una constante universal:

Cuanto más alejadas están las decisiones del Gobierno de la voluntad de su Pueblo, más abundantes son las aberraciones legales que deben sobrellevar los habitantes.

Solamente cando una pequeña minoría de habitantes viola la Ley, se los puede llamar “infractores” o “delincuentes”. Pero cuando la mayoría del Pueblo vive al margen de las Leyes, lo que falla es el Poder Político, el Gobierno que lo maneja y toda la estructura formal del País.

No es tan importante quién es la autoridad en el Poder Político, sino cómo se decide. Por eso algunas Dictaduras son más aceptadas que otras Democracias. Cuando las Leyes son armónicas con el deseo de la mayoría de los habitantes, siempre son bienvenidas por la Comunidad, independientemente de quiénes la promulgaron y qué procedimientos usaron para decidir.

Es correcto que todos los hijos amen a sus padres. Pero también es cierto que muchos padres no se ganan el cariño de sus hijos. Si solamente los maltratan y torturan, esos hijos sentirán un tremendo alivio al abandonar el hogar de sus progenitores. En este mundo también hay muchas Naciones que no se han ganado el cariño de sus Pueblos. Algunos Países son imposibles de amar. No están hecho a la medida de sus ciudadanos y los sistemas legales esclavizan a sus habitantes que constantemente quieren escaparse de esos infiernos, como si fueran hijos que abandonan hogares mal constituidos.

Frecuentemente se ha dicho que todos los ciudadanos deben estar al servicio de su país. Pero en realidad, es el Poder Político quien debe estar al servicio de sus habitantes. Si no fuera así, ¿para qué querrían pagar y sostener a un Gobierno sin recibir nada a cambio?

La naturaleza de las abejas determina que la colmena es prioritaria a cada abeja individual que la compone. Incondicionalmente atacan al enemigo de la colmena, pierden el aguijón y con él su propia vida. Pero el Hombre tiene la facultad irrenunciable de tomar decisiones voluntarias. Muchos Gobiernos confunden a su Pueblo con un conjunto de abejas-habitantes, cuando en realidad sus ciudadanos no están dispuestos ni al menor sacrificio en favor de un Estado-colmena que solamente beneficia a unos pocos zánganos y reinas. El único sistema para organizar una Comunidad fuerte y poderosa es aquél que se hace a la medida de los Hombres que la integran.

Los habitantes sienten “Amor por la Patria” y están dispuestos a derramar su sangre por ella, cuando saben que le deben todo. Cuando el País los ha cobijado y protegido. Cuando la Nación los ha formado y se sienten satisfechos con lo que son. Pero las mafias políticas a cargo de los Gobiernos de muchos Países fracasados, sólo se pueden defender con mercenarios. Podrían ganar una que otra batalla, pero siempre perderán las guerras.

La escasez de territorio y recursos naturales, clima o posición geográfica no son impedimentos para el desarrollo de los Países. El mayor contrapeso para el avance de los Pueblos fracasados son sus propias Leyes. El tráfico es lento porque los semáforos estorban y no porque faltan autos deportivos. Muchas Naciones se ahogan solas porque sus Gobiernos no han tenido en cuenta los dos requisitos fundamentales para tomar decisiones:

  1. La Ley debe facilitar la convivencia de los habitantes.
  2. La Justicia debe tener la capacidad de administrarla.

Un País pobre no puede tener un Gobierno caro. Si su riqueza no le alcanza para tener un aparato Judicial grande, debería tener pocas Leyes. Sin embargo, cuanto más fracasado y miserable es el País y más incompetente su Justicia, tienen más Leyes y son más complicadas y difíciles de cumplir. Eso no es casualidad, sino una clara relación de causa y efecto.



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